Suena el teléfono, es papá, que se ha vuelto tan pequeño como la pantalla del celular, y que está lejos, en un sitio llamado Lima, en Perú. “¡Ashley, mi bebé!”, saluda el padre a la hija, con una voz que entra lejana al apartamento de Miami Gardens donde por años vivieron juntos. La niña está concentrada en la música que sale de su tablet, no le hace caso. “¡Ashley, mi chinita linda!”, le vuelve a decir el padre, pero la niña actúa como quien no lo oye, mientras se empieza a dar golpes en el cuerpo. “¡Chinita, no te des así!”, le ruega el padre, que parece, de momento, no solo haber perdido toda autoridad, sino pasar como un desconocido para la hija. La madre se echa a llorar. El padre también. Imaginan que Ashley, adaptada a que Walter Marcelino Chao la llevara a la escuela, o la abrazara antes de dormir, ahora no lo reconoce. Si le ponen un video de Walter lanzándole mimos, Ashley voltea el rostro. Si la llama para ver cómo amaneció, le da la espalda. “No sabemos ahora cómo procesa sus ideas”, dice el padre. En realidad, nadie asimila aún que haya sido deportado por el Gobierno de Estados Unidos, luego de implorar a las autoridades que, por favor, no permitieran que dejara a su familia sola.
Fonte: https://elpais.com/us/migracion/2026-04-21/el-ruego-del-padre-que-el-ice-no-oyo-tengo-una-hija-con-sindrome-de-down-y-autismo-y-una-esposa-con-cancer-no-me-deporten.html